LA CULPA. EL PEOR DE LOS CASTIGOS

Hoy tuve que dormir a Wika, mi gatita de ocho años. ¡Se siente horrible!
Si alguna vez has sentido culpa por no hacer suficiente o no prestar atención a
algo o a alguien, me vas a entender. Es la culpa de pensar que pudiste hacer algo más
o de cuestionar si hiciste lo correcto.
Wika llegó a mi vida por casualidad. Mi prima Ceci la adoptó, pero su hija resultó
alérgica. La verdad no me caían tan bien los gatos, pero, cuando me mandó fotos y me
dijo que era una gatita súper tranquila, ¡me enamoré!
No esperaba que se muriera. No sabía ni que estaba enferma y no darme cuenta
antes me hizo sentir culpable.
Wika amaneció el viernes sin apetito. Actuaba bastante normal, un poco decaída
nada más.
La llevamos al veterinario y nos dijo que se tenía que quedar internada.
Ahí empezó mi tortura. ¡Cómo podía estar tan enferma para quedarse internada y
yo la vi solo decaída! En automático, cuestioné si la había cuidado bien. Sentí miedo a
ser juzgada.
Cuando ciertas situaciones tocan nuestra autoestima o cuestionan nuestra
responsabilidad, reaccionamos por miedo a ser rechazados o al qué dirán.
Me sorprendí a mí misma justificando algo que no tenía que justificar. “Te juro que
ayer la vi normal”, le dije a la veterinaria. En realidad, ella nunca lo cuestionó. Fui yo
quien, en mi nivel de autoexigencia o necesidad de satisfacer a todos, no podía
permitirme que algo saliera mal.
Pero ¿qué tiene que ver mi autoestima con que se haya enfermado mi gatita?
Fue aquí donde me detuve a reflexionar:
Podemos sentir o pensar en automático muchas cosas: miedo, culpa, rencor,
enojo, etcétera.
Ese es nuestro Imaginario. Es una manera de interpretar los hechos desde
nuestras carencias o excesos afectivos: “lo que creo que debo ser o hacer”.

Por eso, nos sentimos rechazados o con miedo a ser juzgados cuando sucede
algo.
Frecuentemente, podemos pensar cosas como:
-“Si no hago lo que mi pareja quiere, se va a enojar”.
-“Debo estar siempre disponible para mis hijos, aunque esté enferma; de lo
contrario, no soy una buena mamá”.
Sentimos culpa porque mezclamos los hechos con la percepción de nosotros
mismos.
Para tratar de aclarar por qué me sentía así, me hice estás preguntas:
1) ¿Por qué siento culpa? Porque algunas veces, por mi trabajo, no paso el
tiempo que deseo con mis seres queridos. Muy bien, lo tomé en cuenta.
2) ¿Descuidé a Wika? No. Le di todo el amor que pude.
3) ¿Qué siento realmente? ¡Tristeza! ¡Miedo al juicio! Lo acepté y observé de
dónde venía.
¿Sabes qué descubrí? Cuando era chica y cometía algún error, mi mamá se
enojaba y yo lo sentía como rechazo, por lo que pensar que pudiera equivocarme o
creer que algo sucediera por alguna omisión de mi parte, me hace sentir culpable y
temer perder el cariño de los demás.
4) ¿Podía darme cuenta de que estaba tan enferma? No. Me explicó la doctora
que los gatos son especialistas en esconder sus enfermedades.
5) ¿Pude evitar que se enfermara? No.
Cada vez que nos sintamos culpables por algo, vale la pena cuestionarnos si
verdaderamente las cosas podrían haber sucedido de otra forma por nuestra acción o
inacción. Gracias al trabajo de conocimiento de mí misma, sé que puedo cambiar las
memorias dolorosas o de culpa, y crear pensamientos y emociones conscientes.
Al responder las preguntas, pude ver el hecho en sí. No había nadie juzgándome:
mi único y peor juez fui yo. No era culpable de nada.
La culpa es una condena que nos ponemos a nosotros mismos. Vamos
buscando la aceptación, ocultando nuestras fallas para evitar ser rechazados, en lugar
de amar y amarnos con todos nuestros aciertos y errores. La perfección no existe. No
soy responsable de los hechos, pero sí de lo que siento.

Así que decidí agradecer a mi gatita por todo lo vivido, libre de culpas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio